Una hora Martinizing’, fue el eslogan con el cual Bernardo Dávalos Donoso rompió los esquemas de servicio de lavado de ropa en Quito en 1967. El proceso que tradicionalmente duraba cerca de un día fue reducido a 60 minutos. El éxito fue inmediato. No hubo que esperar demasiado para que la primera planta, instalada en la avenida Colón y Rábida, se abarrote de clientes que llegaban con sus prendas para constatar la eficiencia del servicio.
Todo se basó en la adquisición de tecnología nueva que tenía la capacidad de lavar y secar un promedio de 20 libras de ropa por hora.
La segunda planta, abierta en la Santa Prisca y pasaje Carlos Ibarra, tenía una característica: casi todo el proceso se efectuaba a la vista del público. El local ofrecía grandes ventanales en los cuales se ubicaban las secciones de lavado, secado y planchado. De tal manera que este simple hecho convocaba a muchos curiosos a admirar las máquinas de la limpieza que funcionaban sincronizadamente.
Aunque el ser eficientes y puntuales en la entrega, no era suficiente. Bernardo Dávalos, puso en marcha un proceso de servicio integral. Para ello, consideró lo que hoy conocemos como imagen corporativa, es decir le dio a su empresa características muy marcadas por las cuales los clientes acepten el servicio que recibían como sinónimo de calidad. El aseo de las instalaciones fue uno de los puntales, la cordialidad era básica para aquellas personas que atendían al público y la impecable presentación del recurso humano un requisito con el cual todos los funcionarios cooperaban.
Un buen porcentaje de los empleados del Banco de Fomento y del Banco Central llegaban a la planta de la Santa Prisca y Matovelle a las siete y media de la mañana a hacer lavar y planchar sus ternos. Esperaban en ropa interior en una especie de armarios dispuestos para el efecto. Un foco, una revista y EL COMERCIO del día ayudaban. Claro, a las ocho y treinta, que era su hora de ingreso, estaban listos y ‘martinizados’ para ingresar a las oficinas.